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LOS EXTRATERRESTRES Y LAS NIÑAS DE ALCÀSSER LUIS ALFONSO GÁMEZ El 27 de enero de 1993, dos apicultores encontraban los cadáveres de tres niñas semienterrados en las cercanías del pantano valenciano de Tous. Los cuerpos pertenecían a MIRIAM GARCÍA, ANTONIA GÓMEZ y DESIRÉE HERNÁNDEZ, desaparecidas el 13 de noviembre de 1992 en Alcàsser, cuando se dirigían a una discoteca. El hallazgo sorprendió a propios y extraños. Desde la desaparición de las jóvenes, habían sido muchas las personas que habían asegurado haberlas visto en diferentes ciudades. ¿Quién sabe dónde?, el reality show de Televisión Española dedicado a la búsqueda de desaparecidos, había ofrecido a decenas de ciudadanos la posibilidad de convertirse en famosos por un día. Merced a las cámaras, perfectos desconocidos pasaban a ser celebridades. Los testimonios, que llegaban de lugares tan distantes como Madrid, Granada o Pamplona, coincidían en señalar que las chicas se movían en ambientes estudiantiles, que hablaban con acento catalán y que Miriam García era la que llevaba la voz cantante. Un joven extremeño, que había conocido a las muchachas en el transcurso de un viaje, afirmaba ante las cámaras de televisión haber mantenido una conversación con ellas en enero de 1993, dos meses después de que las adolescentes desaparecieron sin dejar rastro. Por desgracia, las chicas habían sido salvajemente asesinadas la misma noche del 13 de noviembre, así que el joven no pudo haber hablado con ellas en una carretera extremeña dos meses después. Cuando, a última hora de la tarde del 27 de enero, un compañero de trabajo me dijo que habían aparecido los cuerpos de las jóvenes de Alcàsser, no le creí. Encendí el ordenador y consulté los últimos teletipos que habían llegado a la redacción del periódico. Lo que me había dicho mi compañero era verdad; todo lo que había dicho la gente en la pequeña pantalla era, simple y llanamente, mentira. Aquella misma mañana, funcionarios del Cuerpo Nacional de Policía habían rastreado un barrio bilbaíno, alertados por varias vecinas que decían haber visto a las jóvenes. En la redacción de El Correo, todos coincidíamos en señalar que los testimonios bilbaínos tenían escaso fundamento y achacábamos su existencia al poder de la televisión, a los reality shows que han convertido en espectáculo la desgracia y el pesar ajeno. Dejando a un lado las características macabras del suceso -explotadas hasta la saciedad por la presentadora de televisión que colocó más alto el listón de la falta de escrúpulos hasta la llegada de Félix Gracia y Otra dimensión-, el triple asesinato de Alcàsser puso en evidencia el enorme poder de los medios audiovisuales a la hora de provocar noticias; el ansia de notoriedad de algunas personas y la capacidad de la gente para ver lo imposible. Las chicas fueron víctimas de sus asesinos el mismo día de su desaparición. Sin embargo, hasta el momento en el que se encontraron los cadáveres, ciudadanos de todas las condiciones y edades aseguraron haberlas reconocido «sin ninguna duda» en discotecas, pubs, bares, tiendas y calles de toda España. El horrible crimen, descrito con pelos y señales hasta por la llamada prensa seria, convirtió al presunto asesino de las niñas, ANTONIO ANGLÉS, en el enemigo público número uno. Los ciudadanos que hasta el hallazgo de los cadáveres veían a las niñas por todas partes comenzaron entonces a ver al criminal en cada esquina. «El mismo día, a la misma hora, Antonio Anglés estaba viendo un partido de fútbol en un bar de Extremadura, comprando víveres en un supermercado de Valladolid, paseando por una plaza de Cuenca en compañía de una chica, haciendo autostop en una carretera andaluza y probándose una peluca en Valencia. El mismo día, a la misma hora, se le vio moreno y cansado, rubio y con la cara llena de granos, castaño y delgadísimo, con una cazadora gris y vistiendo un mono azul» [Furundarena, 1993]. Y si ver a un asesino resulta excitante, ¿no lo es más encontrarse con seres extraterrestres? La cultura del rumor Los escépticos tienen en el crimen de la niñas de Alcàsser un arma de gran calibre. Han pasado más de cuarenta años desde que KENNETH ARNOLD vio el primer platillo volante en las inmediaciones del monte Rainier. Desde entonces, prensa y ufólogos se han hecho eco de miles de testimonios, algunos de ellos procedentes de testigos dignos de todo crédito. Por desgracia para los creyentes, en el caso de los platillos volantes pasa exactamente lo mismo que en el de las niñas de Alcàsser, las pruebas se limitan a testimonios. Cuatro décadas de misterio extraterrestre no han reportado ni una sólida evidencia a favor de la existencia de los ovnis, del mismo modo que dos meses largos de reality shows se alimentaron únicamente de rumores en el caso del triple asesinato de Valencia. ¿Qué habría ocurrido si nadie hubiera encontrado los cadáveres de las tres muchachas? Lo mismo que pasa con los platillos volantes, que la gente habría seguido viendo a las chicas y hasta hablando con ellas. Al igual que en el caso de las niñas de Alcàsser la realidad se encargó de tirar los reality shows al cubo de la telebasura, los hechos se han encargado de poner a determinados pícaros ufólogos en su sitio. Investigaciones llevadas a cabo por estudiosos rigurosos han demostrado que los ovnis se convierten en misiles con una facilidad pasmosa; que los extraterrestres no son altos y rubios, sino sapos parteros; que los fiables testigos son utilizados por el charlatán de turno de acuerdo con sus intereses, y que los medios de comunicación hacen el papel de amplificadores de las fiebres platillistas. El mismo tipo de gente que fue capaz de ver a las niñas vivas después de muertas es el que habla desde hace más de cuatro décadas con los marcianos, los venusinos o los habitantes de las Pléyades. No importa que ninguno de esos tres sitios pueda acoger a una civilización extraterrestre. Lo importante, lo que hace que los ufólogos pierdan la cabeza y se postren de rodillas ante el dios alienígena, es el original mensaje de nuestros hermanos mayores, una especie de "amáos los unos a los otros" en versión galáctica. Se preguntarán por qué he limitado a los platillos volantes esta reflexión sobre la desaparición y el asesinato de las niñas de Alcàsser. ¿Acaso no todas las pseudociencias y misterios se apoyan en presupuestos similares? ¿Qué diferencia a un ufólogo de cualquier otro cazador de misterios? Nada. La definición de fenómeno ovni confeccionada por RICHARD F. HAINES está considerada como una de las más precisas. El ufólogo estadounidense asegura que «las manifestaciones del fenómeno ovni se encuentran entre los informes de percepción o conocimiento indirecto de un objeto, fuente luminosa o presencia de algo en el cielo, sobre la tierra o bajo la superficie del agua, cuya apariencia, trayectoria y dinámica general, y cualidades luminiscentes o reflectoras, no sugieran una explicación que se ajuste a una interpretación convencional o lógica» [Haines, 1980; 22]. La descripción es completa; pero también, vaga. Ya hace ocho años, advertí que si siguen a Haines, los ufólogos pueden investigar las apariciones del yeti y del monstruo del lago Ness, entre otros seres de leyenda [Gámez, 1985; 50]. Y es que, de las palabras del investigador norteamericano, se deduce que el campo de trabajo de los ufólogos abarca todo lo que no se ajusta a una "interpretación convencional o lógica", desde apariciones de marcianos hasta irrupciones marianas en la vida cotidiana. Como han señalado los ufólogos británicos DAVID CLARKE y ANDY ROBERTS, la subcultura mariana existente en los países católicos es «muy similar a la creencia en ovnis extraterrestres» y está fundamentada en gran cantidad de testimonios de las mismas características que los que conforman el corpus ufológico [Clarke y Roberts, 1990; 160]. ¿Existe alguna diferencia objetiva entre las apariciones de la Virgen y las de naves extraterrestres? Desde mi punto de vista, la diferencia sólo existe en la mente del testigo. Si el observador cree en extraterrestres, verá una nave exploradora procedente de un lejano planeta; si es un católico convencido y vive en un entorno propicio, verá a la Virgen María escoltada por rubicundos angelotes. He dedicado estas palabras a los ovnis de la misma manera que podía haberlo hecho a la telepatía, el espiritismo, los monstruos o las apariciones marianas. Todas las manifestaciones de lo paranormal se sustentan en presupuestos similares: rumores, cuentos y leyendas. Pero es que, además, he optado por las naves extraterrestres por otra razón. El sensacionalismo necesario No quiero dar por terminada esta breve reflexión sin animarles a pensar sobre el título de estas líneas. Escribir un artículo que llame la atención del público es relativamente fácil; todo consiste en dar con un título llamativo, chocante, sensacional. Sin embargo, los titulares llamativos y las frases impactantes son algo a lo que no solemos recurrir los escépticos. Como periodista, creo que uno de los principales errores que cometemos los críticos a la hora de participar en debates con creyentes es que tememos perder la compostura y no provocamos impactos emocionales en el público. Se imaginan lo que pasaría si, en medio de una discusión, le acusásemos a un conocido novelista y ufólogo de fomentar el consumo de drogas por hacer viajes astrales bajo el efecto de alucinógenos; si le preguntásemos a un patibulario ex-presentador televisivo si ha contactado con los ummitas, como anunció a finales de los 70, o si le dijésemos a cualquier charlatán: ¿Se cree usted de verdad todas las tonterías que ha escrito? Seguro que, de cara a la opinión pública, esas interpelaciones iban a ser, al menos, tan efectivas como los sesudos argumentos que solemos esgrimir los escépticos. La ventaja es que, además, ofreceríamos espectáculo, la gente se reiría con nosotros y, posiblemente, nuestro interlocutor acabaría perdiendo los nervios. «Los extraterrestres y las niñas de Alcàsser» es un título equívoco. Habrá quien haya pensado, en un primer momento, que soy un chalado que pretende culpar a los marcianos del asesinato de las jóvenes o alguna cosa por el estilo. Pues, no. Nada más lejos de mi intención. Lo que he querido es demostrar que el escéptico puede aprender cosas de la vida diaria y que todos nos sentimos atraídos por un titular llamativo, por muy serios y rigurosos que seamos. ¿O acaso habrían leído estas líneas con la misma atención si se hubieran titulado: «El impacto de las tragedias amplificadas por los medios de comunicación en el comportamiento del público. Una reflexión escéptica»? Sinceramente, yo no lo habría hecho.
Referencias Clarke, David; y Roberts, Andy [1990]: Phantoms of the Sky? Ufos: A Modern Myth. Prologado por Jenny Randles. Robert Hale. Londres. 204 páginas. Furundarena, Arantza [1993]: «Viaje imaginario de Antonio Anglés». El Correo Español - El Pueblo Vasco (Bilbao), 14 de Marzo. Gámez, Luis Alfonso [1985]: «Sobre la ufología, los ufólogos, la ciencia y los científicos». Cuadernos de Ufología (Sevilla), Nº 13-14 (Diciembre), 49-51. Haines, Richard F. [1980]: Observing Ufos. An Investigative Handbook. Nelson Hall Publishers. Chicago. xix + 300 páginas. Comunicación presentada en el I Congreso Nacional sobre Pseudociencia, celebrado en Zaragoza en diciembre de 1993. © Copyright 1997 Luis Alfonso Gámez |