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GALILEOS REDIVIVOS LUIS ALFONSO GÁMEZ De la rigurosidad cuasi-científica al más descarado amarillismo, la comunidad ufológica española es un reino de taifas en permanente conflicto. Por un lado, están los meticulosos estudiosos, una minoría que llega a dedicar años a analizar la observación de un presunto ovni; por otro, los investigadores de renombre, para los que cualquier luz que se ve en el cielo es una portentosa nave extraterrestre. El trabajo de los primeros apenas llega a un millar de personas, mientras que los disparates de los segundos encuentran amplio eco en los medios de comunicación. VICENTE-JUAN BALLESTER, un perito valenciano que comenzó en 1969 a trabajar en la depuración de las observaciones de platillos volantes a baja altura, es el principal exponente de la ufología cuasi-científica. Durante más de un cuarto de siglo, ha reinvestigado cientos de casos, bien directamente o a través de sus colaboradores, y ha confirmado que las observaciones inexplicadas tienen su origen, la mayoría de las veces, en investigaciones superficiales o tergiversaciones manifiestas. A pesar de todo, Ballester sigue obsesionado en la búsqueda de su santo grial particular, el suceso inexplicable que demuestre a los científicos que detrás de los platillos volantes hay algo más que un mito de la era espacial. Quienes hace tiempo que han encontrado respuestas a todas sus preguntas son los mercaderes de la ufología, esas firmas habituales de las revistas esotéricas que escriben artículos sobre astronaves estrelladas, conspiraciones gubernamentales, visitantes de dormitorio por motivos no sexuales y demás zaranjadas. El autor de moda en la actualidad es JAVIER SIERRA, un joven que ha recogido el testigo de JUAN JOSÉ BENÍTEZ, el periodista que a mediados de los años 80 abandonó los ovnis para dedicarse a la teología light. Benítez casi nunca se cuestionó la verosimilitud de un suceso, por sorprendente que sea, y, a lo largo de su carrera, confundió un misil con una nave alienígena, el canto de un sapo con el ruido de un platillo volante o las luces de un coche con un ingenio de otro mundo. Sus meteduras de pata se cuentan por decenas. Sierra ha sido más sutil y ha mantenido engañada a la ufología cuasi-científica hasta que estalló el escándalo de las filmaciones de las autopsias de Roswell, Estados Unidos. El ufólogo alicantino, que ha escrito un libro sobre el asunto en el que no se pronuncia acerca de la autenticidad o falsedad de las películas, no sólo está convencido de que una nave extraterrestre se estampó contra el suelo en Nuevo México en 1947, sino que afirma que el transistor se inventó a partir del estudio de los restos del platillo volante. Por desgracia, Sierra es el líder espiritual de una generación de platillólogos que carece del mínimo sentido crítico. Basta apuntar que uno de sus colegas, BRUNO CARDEÑOSA, investigó los avistamientos ibéricos del 2 de febrero de 1988 y descubrió -como reveló LUIS R. GONZÁLEZ en su día en Cuadernos de Ufología- siete ovnis estrellados y la clave de la segunda venida de Jesucristo; y todo eso a partir del paso de un simple bólido. Claro que, como se dice coloquialmente, de casta le viene a los jóvenes galgos de la ufología española. No en vano, el maestro de los expertos en el tema, tanto de los cuasi-científicos como de los más ferozmente sensacionalistas, espera que cuando muera le pongan «en la vitrina intemporal donde se alinean los que se adelantaron a su época». ANTONIO RIBERA, un veterano defensor de los secuestros extraterrestres, el triángulo de las Bermudas o el zahorismo, se ve a sí mismo en los libros de Historia junto a Galileo Galilei. Sus alumnos más aventajados -los Benítez, Sierra o Cardeñosa- no lo reconocen; pero también están convencidos de su trascendental papel. Lástima que, como decía el fallecido ISAAC ASIMOV, el físico y astrónomo italiano sea «el santo patrón (¡pobre hombre!) de todos los chiflados autocompasivos».
© Copyright 1997 Luis Alfonso Gámez |